El escondite

(Éste es un trabajo que hice en la facultad hace más de un año. Lo volví a encontrar y me pareció que el nivel de mediocridad era suficientemente bajo como para publicarlo).

Eternas son las noches de vigilia esperando a que él se duerma para furtivamente asaltar la heladera. En silencio aguardo, anhelante, el suave crujido de su leve roncar. La adrenalina se materializa en latidos irregulares e inciertos. Voy a salir.

Afuera, una luz tenue dibuja la silueta azul de la ventana sobre su cama. Dando pasos felinos me voy acercando a la cocina, cuando una tabla del parquet rechina delatando mi andar. Él esboza un movimiento pero sigue dormido. Vuelvo a respirar.

Ya en la cocina me encuentro cara a cara con la heladera. El desesperante delirio famélico va desapareciendo con cada bocado. Acaso juego con mi suerte al consumir un grano de arroz más de lo estrictamente autorizado para pasar desapercibida.

Vuelvo a ocupar mi humilde lugar antes del amanecer: él no puede saber de mi existencia. Habitamos dimensiones paralelas del espacio y del tiempo. No tengo permitido en ningún momento abandonar la misión de serle invisible, aunque a veces cuando oigo el aullido de su despertador me pregunto qué pasaría si nuestros mundos colisionaran.

¿Qué pensarías de mí? ¿Siquiera me perdonarías la vida? De a ratos en mi árida soledad escucho tus pasos y me gustaría conocerte. ¿Qué hay detrás de los párpados que impiden la intersección de nuestros planos?

Así pasan los días, hasta llenar rectángulos mensuales del calendario que se van acumulando en este armario de ropa y de vida. Él se oye más inquieto, quizás sospeche algo. Procuro redoblar mi cautela aunque el corazón me estalla de soledad y de angustia.

Una tarde de otoño, el viento remonta vuelo prepotente y él busca un pulóver. En el otro armario sólo hay camisas y pantalones. La piel se me eriza, los latidos se vuelven torpes. Un temblor sacude todo mi ser anunciando que este es el fin. Los mundos van a chocar.

Él abre y cierra cajones, puertas, se agacha para buscar debajo de la cama. Va de un lado a otro con paso irritado. De pronto camina hacia mí con firmeza. Recordó que aquí es donde había dejado la ropa de invierno. No me muevo ni respiro. Una rendija de luz se va ampliando en la puerta hasta abrirse por completo. Mis ojos encandilados distinguen la silueta de él.

Ya no te tengo miedo. Quiero saber quién sos, cuántos años tenés, a qué te dedicás. Si mi vida termina hoy, al menos decime una palabra.

Él me mira con ojos grandes y desconcertados. Tras un instante inicial de pánico, me extiende su mano para que pueda salir.

Horas más tarde, los diarios salen de la imprenta con mi historia en primera plana. La mujer que vivía adentro de un armario.

 Laura

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