El reloj y la espiral

No me sentía bien. Había vislumbrado una realidad que me había dejado completamente paralizada: que la mediocridad y la paz mental estaban en un mismo lugar, y huir de la primera implicaba necesariamente renunciar a la segunda para siempre. Ya lo había observado Truman Capote: al elegir como forma de vida la escritura, se había “encadenado de por vida a un amo noble pero despiadado”. Si es que quiero lograr algo, me dije, voy a vivir todo el tiempo que me queda en esta Tierra con una pistola apuntando a mi sien, y esa pistola es también la zanahoria que cuelga frente a mí.

Derrotada, me senté en un bar a contemplar cómo mi vida entera se deslizaba hacia una espiral irrefrenable de decadencia; los manteles pegajosos de plástico, las asquerosas sillas plegables y las paletas aletargadas del ventilador en el techo ilustraban esa mediocridad en la cual me vería permanentemente tentada a sumergirme.

Fue entonces cuando se me ocurrió. Agitaba en el aire un sobrecito de azúcar para mi café con leche, y de pronto vino a mí la idea más brillante que se puede tener mirando un reloj de pared en un bar deprimente de la calle mitre. Pensé en nuestra forma de concebir el tiempo. Digo, nosotros, los humanos, nos pasamos toda la vida contabilizando el tiempo, ahorrándolo, tratando de administrarlo de la mejor forma posible, como si se tratase de un recurso limitado y no renovable que no pudiéramos recuperar o volver a generar de ninguna manera. Y esto es, desde el punto de vista de la especie humana, absolutamente cierto. Que las personas somos finitas en el tiempo es algo de lo que estamos hiperconscientes, a tal punto que nuestra mortalidad es lo único que le da sentido a nuestras vidas. Pero ¿qué tal si me saliera del compartimiento hermético de mi propia existencia y decidiera pensar el tiempo en términos que fueran más allá de lo que éste representa para mi breve y patética vida de terrícola? De pronto ese reloj de pared se me apareció como el ridículo artilugio pseudocientífico que realmente es. Me ofendió que un círculo con números y agujas que giran gobernara mi vida con su principio de linealidad.

Había tenido una epifanía: el tiempo no es en realidad limitado. Nos consta que el tiempo estuvo aquí desde mucho antes que nosotros (¿desde siempre?) y que, aún cuando el astro que orbitan los planetas de nuestro sistema cese finalmente de brillar, sumiéndose en la más profunda oscuridad y arrastrándolo todo hacia ella, el tiempo seguirá estando allí. Firme. Inmutable. En definitiva, el tiempo es justamente lo único que sobra. La plenísima conciencia que tenemos acerca de la finitud de nuestra vida nos permite apreciarla, pero al mismo tiempo nos impone la búsqueda de su sentido. Serás lo que debas ser o no serás nada, dijo una vez un señor con patillas y un caballo que en realidad no era blanco. Dedicarás tu efímera vida a ser algo o alguien determinado, o bien resbalarás con una cáscara de banana del destino y caerás irreversiblemente en el pozo-espiral de la decadencia del imperio de tu ser. Pero si nos desprendemos de esta ilusión del significado de nuestras vidas y logramos entender que el tiempo es inagotable, estaremos en condiciones de leer en el vasto mapa del tiempo la coordenada de nuestra existencia, y nos tranquilizará advertir que esa coordenada siempre estará allí, porque siempre lo estuvo, incluso desde antes de que nosotros la ocupáramos. Es, entonces, nuestra patológica manía de concebir el tiempo en términos lineales la que genera el puente entre mediocridad y sosiego, al equiparar la alienante, fatigosa persecución del sentido con la obtención de algo semejante a la inmortalidad.

Así las cosas, decidí emprender una aventura quimérica. De ahora en más, militaría por una anarquía del tiempo. Destruiría todo aquello que estuviera relacionado con medirlo y no me detendría hasta lograr que nadie pudiera computar fechas ni horarios. En retrospectiva, creo que habría sido inteligente de mi parte comenzar luchando por la restricción del uso del sistema sexagesimal a cuestiones no temporales, pero en aquel momento mi impulso fue incendiar una relojería. Nosotros los anarquistas siempre fuimos así de extremados y después de todo, la única iglesia que ilumina es aquella que arde. El tiempo se ha convertido para las personas en una religión tanto como lo ha hecho la ciencia o el sexo.

De modo que esa noche me encaminé hacia una relojería bastante reconocida de mi barrio. Elegí esa en particular porque el dueño tenía reputación de sanguinario ya que había asesinado a varios perros de la zona; pensé que mataría dos pájaros de un tiro y me regocijé en mi pragmatismo. Llevaba conmigo un paquete de fósforos, alambres y una lata de querosén. Lo demás es más o menos predecible y confío en la pericia deductiva de mi leyente.

Tuve la precaución de usar guantes para no dejar ninguna huella rastreable. Con lo que no contaba era la cámara de seguridad que el viejo mataperros había instalado en una esquina recóndita del local; jamás la vi mientras consumaba mi plan. Así fue como me engancharon.

Caí presa por una infracción que nadie supo catalogar como delito político. Dice mi abogada que es mejor así, que me podría haber ido peor. Y, de hecho, tengo que admitir que estoy de acuerdo. Es verdad que me tienen confinada en un reducido espacio del que no puedo salir hasta que no cumpla mi condena, sin embargo soy más libre aquí de lo que pude serlo allá afuera. Acá nadie me obliga a llevar la cuenta del tiempo, porque nunca estoy llegando tarde a nada. Cuando hay que ir a trabajar o hacer algo, simplemente me dan la orden, y si obedezco no tengo, generalmente, problemas. Pero lo que es más notable es cómo esta atemporalidad me rescató de la espiral en la que estaba cayendo. Desde que llegué acá escribí tres tomos de mis teorías acerca de los perjuicios de la cronología, y aprendí aun más sobre esos temas leyendo tratados de física y astronomía que hablan de una relatividad del espacio-tiempo en ciertos lugares del universo. Ahora mismo estoy esbozando un manifiesto de la Anarquía del Tiempo que será publicado en un sitio web que programé. ¿Y después? Quién sabe. Quizás me dedique a explorar otros talentos que mi cerebro tenga escondidos, eclipsados por la doctrina de los horarios. O tal vez me siente a mirar todos los capítulos de Alf por Netflix. Lo único que sé es que, como dice la canción, el tiempo es infinito. Y no hay libertad más categórica que la del viento.

Laura