Elige tu propia pandemia

La siguiente es una historia que escribí en forma colaborativa con mis seguidores en Instagram. Se trata de una especie de «elige tu propia aventura» escrita a partir de una introducción relacionada vagamente con la pandemia por Covid-19. Un experimento para entretenernos durante la cuarentena: yo escribía y publicaba un capítulo por día y al final de cada uno dejaba encuestas para que el público decidiera, por mayoría, cómo iba a seguir la historia. También incorporé un buzón de sugerencias, de donde salieron ideas para algunos pasajes. El capítulo final, epílogo de la historia, se publicó en mi cuenta personal de Instagram el 27 de abril. Esta es una versión revisada y editada del producto final.

Mi más profundo agradecimiento a todas las personas que leyeron, comentaron y colaboraron en este proyecto.

 

I
Estamos en la cama viendo una serie, como siempre, como nunca. Cualquier similitud con la normalidad es pura coincidencia. Son las ocho. Empiezan los aplausos.
La pandemia comenzó en diciembre, en China. Si alguien nos hubiese dicho en ese momento que hoy estaríamos acá, no le habríamos creído. Y de hecho, eso fue lo que pasó. La humanidad no escucha advertencias, apenas quizás los presagios apócrifos de los astros. Y si lo hace, es para no hacer caso. Entonces, aquí estamos.
En pocos meses hemos visto el derrumbe de la vida tal como la conocíamos. El virus se apoderó, poco a poco, de los cuerpos. Alguien vio su oportunidad y corrió a capturarla. El resto es la historia que todos conocemos.
Suena el teléfono de Milo.
II
No consigo escribir nada. Leí una novela de Lorrie Moore y otra de Toni Morrison, las dos excelentes. A veces me acobarda la excelencia. Una novela excelente no hace más que refregarme todos los recursos que no tengo. La precisión de las imágenes con las que Moore describe una amistad entre dos mujeres jóvenes, la fragilidad de unos vínculos que creemos inmortales.
Hace no más de tres, cuatro semanas, paseábamos con Milo por la Plaza de las Estatuas y hablábamos del incendio de Notre Dame. Fue en ese paseo y en esa conversación que pronuncié la frase que se convertiría en nuestro chiste interno: «La permanencia en el tiempo es una ilusión». Milo estalló en risa. Se tocó la nariz acomodándose unas gafas invisibles para imitarme y repitió la frase. Le encantaba meterse con mi pretensión intelectual, lo cual a mí me divertía tanto como me irritaba. Antes de Milo, nunca me había considerado una persona pretenciosa. Ahora, pienso, hay pocas cosas, muy pocas realmente, que no daría por volver a escuchar sus chicanas cariñosas. Muy pocas no daría. Quizás mi vida y un par de derechos fundamentales. Pero de esos ya no tengo. No desde que el imperio de Greta llegó a nuestra pequeña ciudad del norte de España. Si intento escribir este testimonio, a pesar de estar tan lejos de la excelencia literaria con la que me gustaría poder hacerlo, es por eso. Porque Greta se está asegurando de que su versión de los acontecimientos sea la única, y a mí ante todo me encanta relativizar. Y por Milo. Por él y por los miles que dieron la vida en la lucha contra la tiranía absurda de Greta.
La permanencia en el tiempo es una ilusión, ahora entiendo bien lo que eso significa: justicia. Como una iglesia monolítica y milenaria, Greta, arderás.
III
Lo de Greta yo realmente quiero creer que, al menos, comenzó con una buena intención.
Testaruda y precoz, la sueca había conseguido a los ocho años que sus padres adoptaran cambios en su estilo de vida para hacerse más ecofriendly. Con dieciséis años se había convertido en vocera de la ONU en la lucha contra el cambio climático.
Cuando las primeras noticias del virus comenzaron a llegar desde China, Greta culpó públicamente a las industrias de alimentos de origen animal, a las que también responsabilizó del calentamiento global, debido a las toneladas y toneladas de gases de efecto invernadero que emite la cría de ganado.
Hasta aquí, bien. Los argumentos eran razonables y Greta se perfilaba como una más de las voces por la justicia ambiental, si acaso una de las más jóvenes. Pero en su intento de sujetar al público por los hombros y sacudirlo, la joven llegó a afirmar que esas industrias eran satánicas, acusándolas de conspirar para que el planeta todo se convirtiera, muy literalmente, en un infierno.
Con una población aterrorizada por la amenaza invisible del virus que venía a robarle la vida, su llamado tuvo un impacto tremendo. En pocos días, el mundo se hizo eco de las palabras de Greta. Cuentan los vecinos de la zona que la calle entera de la residencia Thunberg se llenó de jóvenes de todas partes que acampaban a la espera de quien ya consideraban su líder. Y así empezó todo. En el pavimento despejado por la cuarentena, brotaba la semilla de una secta. La primavera de los gretarios prometía venir a salvarnos de nosotros mismos y nuestros pecados contra la Madre tierra. Pero la realidad era mucho más turbia, y todos los días maldigo el momento en que Milo lo descubrió.
La llamada llegó un martes como este. Milo y yo veíamos una serie tumbados en la cama, como lo habríamos hecho en cualquier otro momento. Solo que estábamos en cuarentena, y a las ocho de la noche, como sabemos, todo el mundo salía a los balcones a aplaudir como protesta ante el gobierno que todavía, a meses del comienzo de la pandemia, no hacía nada por encontrar una cura.
Cuando sonaron los primeros aplausos pausamos el streaming para sumarnos. En eso, vibró el teléfono de Milo. Número desconocido: cualquiera habría cortado la llamada. Cualquiera que no fuese periodista. Milo atendió y le habló una voz filtrada que sonaba a Darth Vader.
—¿No le parece raro que todavía no haya una cura?
—¿Quién habla? —respondió Milo.
—Alguien que ha estado siguiendo su trabajo y que lo admira. Si quiere saber más sobre la cura, investigue el Area 42, en New Hampshire. Pero no googlee. Haga lo que haga, no googlee. Así no lo encuentran.
La voz colgó antes de que Milo pudiera hacer más preguntas. Nos miramos; yo había oído toda la llamada por el altavoz. Afuera, los aplausos morían de una agonía lenta.
Resultó que el Area 42 era una base militar estadounidense donde se encontraba uno de los laboratorios más secretos del mundo. Haciéndose pasar por agente de la CIA, Milo se infiltró en la base a través de la deep web y obtuvo decenas de informes del laboratorio, mails y memos de quienes trabajaban allí. Habían estado desarrollando una cura para el virus y lo habían logrado. Un compuesto hecho a partir de médula ósea, lapislázuli y yerba mate. Pero una orden de la ONU había puesto fin al proyecto y todos los que trabajaban en él habían sido trasladados a otras áreas y obligados a firmar acuerdos de confidencialidad.
Con la ONU de por medio, la complicidad de Greta en frenar la cura era una conjetura lógica. Sus motivos para querer vivo a un virus que ya se había cobrado más de mil millones de vidas humanas eran claros: solo hacía falta leer los informes científicos que anunciaban que la contaminación y el cambio climático se habían reducido drásticamente desde el comienzo de la pandemia.
Milo redactó un informe con todos los datos que logró filtrar a lo largo de semanas de trabajo. La noche en que terminó de escribirlo, no pudo enviarlo a su editor porque se nos cortó internet. No haber sospechado nada en ese momento fue nuestro primer error. A la mañana, Milo salió a hacer compras, una de las pocas salidas permitidas en cuarentena. Desde la ventana lo vi cruzar la calle en dirección al supermercado y entré a prepararme un café.
Milo nunca volvió.
Yo supe por fuentes a las que no voy a traicionar que lo tiene Greta. Su organización lo secuestró y no lo va a soltar hasta que no delate a todas las personas que tienen copias de su informe. El problema es que Milo nunca va a revelar esa información, porque la única persona que tiene una copia del informe soy yo. Va a dejar que lo maten antes que venderme.
La semana que viene, Greta va a estar en España dando una de sus conferencias. Esa es mi única chance de salvarlo.
IV
Soñé con Milo de nuevo. Hacíamos un picnic en la playa. Él llevaba una camisa blanca, descorchaba un vino y se la manchaba. Justo en el centro del pecho. Después, la mancha era de sangre y yo me daba cuenta de que le habían disparado. Me desperté agitada y no pude volverme a dormir.
Así pasan mis días. Duermo poco y mal. Preparo café. Pongo música fuerte: si yo no duermo, que no duerma nadie. Se hace de día, se hace de noche. Así pasan.
Mientras tanto, en menos de una semana viene Greta y yo todavía no tengo ni idea de cómo voy a hacer para infiltrarme entre los suyos. No puedo evitar pensar que Milo sabría cómo hacerlo. Es una paradoja: si él estuviera acá, yo no tendría motivos para cometer una estupidez como esta.
Pongo una película pero el cansancio de todos estos días me vence. Cierro los ojos.
Me despierta un temblor en mi piel: vibra mi teléfono. Una llamada de número desconocido. Atiendo.
—Hola, ¿quién habla?
—Tiene que buscar a alguien de corbata roja. Se le acerca y le dice «todo lo petulante muere, todo lo humilde renace» —se me pone la piel de gallina. Es la voz de Darth Vader otra vez.
—¿Quién habla? Responda o llamo a la policía.
vLa semana que viene, cuando vaya a Madrid. En el acto de Greta. Busque a alguien que lleve corbata roja. Esos son sus súbditos de más alto rango. Busque a alguno y dígale eso: «todo lo petulante muere, todo lo humilde renace». Así se va a poder infiltrar. Y llévese el móvil. La estaré guiando y ayudando en todo lo que pueda. Únicamente le pido que no me trate de encontrar. Comprenderá que yo me estoy jugando la vida ayudándola.
—¿Puede al menos decirme por qué? ¿Por qué nosotros? ¿Por qué Milo?
—¿Por qué no? —dice Vader, y cuelga.
Lanzo el teléfono contra la pared, de pura rabia. Grito. Le doy puñetazos a una almohada. Me muerdo el labio. Lloro.
No entiendo nada. ¿Cómo se supone que pueda confiar en una voz filtrada que ya empujó a mi marido a las garras sucias de Greta? Al mismo tiempo, los días pasan y no encuentro ninguna punta de ovillo de la que tirar. No tengo idea de cómo infiltrarme.
Mientras me preparo un té de hibiscus, googleo: «cómo rastrear una llamada de número desconocido». Inmediatamente, mi teléfono vuelve a vibrar. Atiendo.
—Dígame quién es o rastreo la llamada yo misma. Usted elige.
—Usted desconfía de mí, y es lógico. Pero póngase en mi lugar. Yo también me estoy arriesgando. Lo único que usted y yo tenemos en común es que mañana a las siete de la mañana vamos a estar cantando Atrévete te te. Esa, o alguna de La oreja de Van Gogh. Así que olvídelo. Haga como que esta conversación nunca ocurrió- dice, y termina la llamada.
Me quedo unos minutos mirando a la nada sin entender lo que acaba de pasar. ¿De verdad esta persona me llama para hablarme de Calle 13? Y ahí caigo. ¿Qué fue lo que había dicho? Atrévete te te y después… después algo de La oreja de Van Gogh. ¡Sí! ¡Quiere que nos encontremos a las siete de la mañana en la plaza Rozas de la calle 13!
V
Son las ocho y veinte. La plaza sigue vacía. Comienzo a preguntarme si hice bien en venir, si no habré interpretado mal el mensaje. Para colmo, llueve.
Por la esquina aparece un hombre canoso de unos sesenta años, vestido de ropa deportiva negra y paraguas, con un Yorkshire. El perro se me acerca y me olfatea.
—Francis, no —dice el dueño.
—No pasa nada —respondo.
El hombre me mira.
—Tenemos poco tiempo. Espero que confíe en mí ahora que me vio. Tome, para que vea que hablo en serio —dice, y me entrega un sobre.
—¿Qué es esto?
—Ábralo sola en un lugar seguro. Me tengo que ir. Por favor, no me siga ni intente contactarme. No se ponga en peligro. Vamos, Francis —dice, y se aleja.
Llego a casa y abro el sobre. Adentro hay una carta y una foto: es el sujeto de la plaza junto a Greta, una niña de unos ocho años y otros de su organización. La carta dice:
«Mi nombre es Arturo. Soy de Madrid, he vivido allí toda mi vida y era miembro del gretismo hasta hace unos meses. Todo cambió cuando mi hija Sarina (ver foto) contrajo el virus. Junto a los gretarios de Madrid rezábamos todas las noches por ella, pero Sarina únicamente empeoraba. Yo estaba desesperado. Me la llevé a Boston para que la vieran especialistas. Gasté todos mis ahorros. Al fin, la doctora Williams propuso un tratamiento experimental. Era una cura que estaban desarrollando en Estados Unidos y se estaba por probar. Accedí, pero el proyecto de la cura se interrumpió súbitamente y nunca llegó a las pruebas en humanos. Sarina falleció en el 17 de enero. Entonces fue cuando perdí la fe. Investigando me enteré de que Greta había frenado el proyecto vía la ONU. Pero en cuanto Greta supo que yo estaba investigando el Area 42 y el proyecto cura me empezaron a llegar las amenazas de muerte. He estado prófugo desde entonces, pero mantengo contactos dentro del gretismo. Lo único que quiero de todo esto es que ninguna otra persona tenga que morir por el virus. Espero que me crea».
Leo la carta cuatro veces seguidas. Decido creerle, aunque no vuelvo a saber de Arturo en los días siguientes.
El miércoles, tomo el tren a Madrid y me presento en el acto de Greta. Faltan unos minutos para que ella hable. A pesar de la cuarentena, hay bastante gente: todos gretarios. Me tiemblan las piernas. Sudo de los nervios. Tengo que disimular. Si me descubren, me matan.
Veo un hombre de corbata roja y me acerco a hablarle. En ese instante me llega un mensaje de número desconocido: «aborte misión. demasiado riesgo. salga y aguarde instrucciones». Giro en U y salgo a la calle. Espero que Arturo tenga una buena razón para hacerme perder la única oportunidad que tengo.
Miro al cielo: es un día hermoso. La pantalla LED del Corte Inglés proyecta una publicidad de café en cápsulas. De pronto, la publicidad se detiene y la pantalla queda negra unos momentos. Entonces aparece la cara de Milo.
VI
La pantalla se ilumina y aparece Milo. Se lo ve sucio y cansado. Aprieto los dientes y juro que voy a hacer pagar a Greta por esto. Milo habla con subtítulos:
«Soy Milo Kosevich y en las próximas horas voy a morir. Como periodista, me interesé por el virus y me lancé a la búsqueda de la cura. Contacté con médicos que lo estaban intentando sin éxito. En este proceso, contraje una cepa mutada del virus, una mucho más letal. Este mensaje es una advertencia: no podemos seguir jugando a ser Dios. Ya es demasiado tarde para mí, pero para los que están a tiempo: acepten a Greta y síganla. El veganismo gretario es lo único que nos puede salvar del virus. Únanse bajo su bandera. Ahora, si me permiten, quiero recitar mis últimas palabras, un poema de Lorenzo Areta:
Quisiera que me recuerden con piedad por mis errores
con comprensión por mis debilidades
con cariño por mis virtudes,
si no es así, prefiero el olvido,
que será el más duro castigo por no cumplir mi deber de hombre.
Muchas gracias, y ¡Dios bendiga a Greta!».
La señal se pierde y la pantalla reanuda su publicidad. Ahora sé exactamente lo que tengo que hacer. El mensaje de Milo era para mí. El poema no es de Lorenzo Areta, es de Joaquín Areta. Quiere que vaya al bar de la calle Joaquín Lorenzo donde nos conocimos.
Demoro más de una hora en llegar, porque no quiero usar el metro ni otros transportes. Camino por Madrid haciendo el recorrido más impredecible que puedo imaginar. Doblo en calles azarosas y voy a paso rápido.
Repaso en mi mente el mensaje de Milo. ¿Cuánto será verdad de lo que dijo? Estoy casi segura de que no está enfermo. Después de años de casados, me doy cuenta de cuándo miente. Pero se lo veía tan debilitado… Tengo que encontrarlo cuanto antes.
Llego a la esquina del bar y, por supuesto, está cerrado. Pocos comercios están funcionando desde que el gobierno impuso la cuarentena. Una mujer se asoma por la ventanilla de un coche estacionado frente al bar y enciende un cigarrillo. Me pregunto si debería acercarme y hablarle. Paso disimuladamente por la puerta del bar y miro hacia adentro. En la puerta, un póster anuncia «cerrado por cuarentena» y abajo hay un número de teléfono.
VII
Hago unas cuadras más repitiendo en mi mente el número. Saco el teléfono del bolsillo y llamo. Atiende un contestador automático.
«Se ha comunicado con el bar Fidelio. En este momento no estamos atendiendo, debido a la cuarentena. Si desea hacer un pedido, podrá hacerlo en mayo en nuestra nueva dirección Lope de Vega 456. O deje su mensaje después del tono».
Me paralizo. Nunca he sido buena en esto de las llamadas por teléfono. Al final, cuelgo.
Camino sin rumbo por la ciudad esperando a que pase algo. Me siento una espectadora de la peor de las historias. Vuelvo a llamar tres veces; siempre atiende el mismo contestador.
Pasan las horas y me pongo impaciente. Entro a un supermercado a comprarme algo de comer. Me siento en un banco del Parque del Retiro a comer un sándwich. Cada tanto veo pasar a alguien con una máscara. No una mascarilla antivirus, una máscara como de carnaval. Van disfrazados. Todos caminan en el mismo sentido, algunos con mochilas. Me pregunto adónde puede estar yendo esta gente en medio de la cuarentena. Quizás sea una forma artesanal de protegerse contra el virus.
Vuelvo a llamar. Otra vez lo mismo: se ha comunicado, blablabla, nuestra nueva dirección, Lope de Vega 456. No entiendo por qué Milo me trajo a este lugar. Vuelvo sobre mis pasos, quizás estuve en el bar en el momento incorrecto. Llego al bar y lo vuelvo a encontrar cerrado. El coche que estaba estacionado en frente sigue allí, pero la mujer ya no está. Me asomo por la vidriera intentando espiar algo; solo veo mesas y sillas. Las luces apagadas no ayudan. La puerta está cerrada con un candado con combinación.
De repente, se me ocurre algo.
Pongo los números 4,5,6 en el candado. Pero la combinación es de cuatro números. Pienso. Vuelvo a llamar al número.
«Se ha comunicado con el bar Fidelio. En este momento no estamos atendiendo, debido a la cuarentena. Si desea hacer un pedido, podrá hacerlo en mayo en-» Bingo. Cuelgo la llamada. Mayo, número 5. Ahora la duda es si el 5 va al principio o al final. Pruebo 4,5,6,5. Nada.
5,4,5,6. Click. El candado se abre y cae pesado. Logro atraparlo a tiempo y lo dejo en el suelo en silencio. Abro la puerta y entro.
En eso, me vibra el teléfono. Número desconocido.
—Arturo —atiendo.
—¿Dónde está? Acabo de perder su señal en el mapa.
—Arturo, Milo me dejó una pista. Estoy siguiéndola ahora.
—Escuche, están por armarle una manifestación a Greta en el acto. Un grupo subversivo, con máscaras y todo. Van a lanzar gases lacrimógenos y sembrar el caos. Es su oportunidad de infiltrarse, aproveche el descuido y métase en uno de sus buses. Si alguien le hace preguntas, ya sabe cuál es la contraseña.
—Arturo, no. No es necesario, ya lo encontré. Bueno, estoy en eso. Estoy siguiendo su pista. No necesito infiltrarme.
—¿Qué pista? ¿Dónde está?
—En Fidelio, un bar.
—Salga de ahí, es muy peligroso. Si no puedo seguirla en el mapa, no la puedo ayudar.
—Arturo, ¿usted de qué lado está? Si Milo me envió a este sitio, entonces es aquí donde tengo que buscar.
—¿Cómo sabe que él la envió allí? Es muy peligroso, todo esto puede ser una trampa. Usted no sabe cómo trabaja Greta.
VIII
—¿Arturo? Arturo, me quedo sin señal. Mire, le agradezco la preocupación, pero ya casi lo tenemos. Voy a entrar. Hablamos luego —cuelgo.
Recorro el bar: una sala rectangular con barra, mesas y sillas. Está vacío. Reviso, busco algún indicio. Me acuerdo de la noche en que conocí a Milo, justo aquí en la barra. Era el hombre más guapo de todo el bar y me estaba mirando. Yo no lo podía creer. Cuando se acercó a hablarme me puse tan nerviosa que boté al piso su cerveza. Le quise pedir otra; él no me dejó. Tuve que esperar que se fuera al baño para comprar una. Me agradeció y dijo «¿tú por qué eres tan maja?». Me arriesgué y le di un beso. Siempre he pensado que el riesgo tiene recompensa; en este momento deseo más que nunca creer que es así. Pero no encuentro nada.
Los aseos también están vacíos, las luces apagadas en todo el lugar. Para no llamar la atención evito encenderlas. Bajo las escaleras al depósito y lo primero que veo es un mural enorme con la cara de Greta y con la simbología gretista. Escucho pasos y voces y me escondo atrás de un montón cajas.
«Pensé que no los íbamos a mover»
«No, pero ha habido un imprevisto. Tendremos que llevarlos al Distrito C. Órdenes de la jefa».
Son dos hombres jóvenes, adolescentes casi. Los espío mientras ensamblan y cargan sus respectivos fusiles. No dicen nada más y en el silencio me da pánico que me descubran. Reduzco mi respiración al mínimo indispensable. Los chavales terminan de preparar sus armas y se dirigen hacia la escalera. Me agacho para que no me vean. Uno de ellos gira a último momento y le entrega un manojo de llaves al otro.
«Ve y trae la camioneta. Yo los alisto».
«Vale».
El joven que dio la orden se aleja por un pasillo oscuro mientras el que tiene las llaves sube la escalera silbando. Es mi única chance. Si no actúo ahora, después será imposible. Y parece que van a trasladar algo, pienso que probablemente sean rehenes. Entre ellos tiene que estar Milo. Estoy segura.
IX
El joven se aleja por el pasillo oscuro. Le doy unos metros de ventaja para que no me descubra y voy tras él. El pasillo es largo y pienso que el chaval se dirige a la puerta del fondo, pero dobla antes, introduce una llave en la pared y abre una puerta secreta. Al girar, me ve antes de que yo pueda reaccionar.
—¿Quién eres? —pregunta, extrañado.
—María -improviso —Me ha enviado la jefa para ayudar con el traslado.
Él me estudia escéptico por un año o un instante.
—No nos han avisado que vendría alguien —dice.
—No, fue un cambio de último minuto por los disturbios. Se suponía que yo iba a estar en el acto —trato de sonar segura y natural. No sé si lo estoy logrando.
—Vale —dice al fin, encogiéndose de hombros.
Entramos a la habitación secreta y el joven enciende la luz. Intento disimular mi sorpresa cuando veo a ocho personas amordazadas y esposadas a un caño que atraviesa la pared. Son tres mujeres y cinco hombres, todos de entre 30 y 50 años. Ninguno de ellos es Milo. El joven señala con el mentón al lado izquierdo del grupo y me arroja unas llaves.
—Tú lleva esos cuatro, yo éstos. Hay que llevarlos de uno en uno a la camioneta.
—Vale.
Veo cómo el adolescente le quita con torpeza las esposas a una mujer sin dejar de cargar su fusil bajo el brazo. Le ordena que camine mientras la apunta en la nuca con el arma. Ella tiembla e intenta gritar; el sonido queda amortiguado por la mordaza. Salen de la habitación y se alejan por el pasillo. Cuando dejo de oír los pasos me dirijo al grupo.
—Oigan, tienen que ayudarme. No estoy con ellos. Estoy buscando a mi marido. Milo, alto, narigón, cabello oscuro, barba. ¿Lo han visto por aquí? —digo en un susurro. Los prisioneros se miran entre sí nerviosos, pero nadie hace ningún gesto ni intenta hablar conmigo.
—Por favor, tienen que ayudarme —suplico de nuevo, la desesperación como una brasa viva en mi voz para que me crean.
Vuelven a mirarse. Oigo pasos en el pasillo; tengo que seguir fingiendo. De lo contrario me matarán aquí mismo frente a toda esta gente. Le quito las esposas a un hombre y le digo al oído que me siga la corriente. Que confíe en mí. Cruzamos una mirada que espero sea de complicidad. El joven aparece en la habitación y va a desatar a otro prisionero.
—Hay que apurarnos —dice, —tenemos que estar en el Distrito C antes de que caiga el sol.
—Ya.
Camino detrás del prisionero imitando al joven, pero el hombre es más alto que yo y además no cuento con un arma. Pienso en lo ridícula que debo verme y en que esto podría hasta ser cómico si no fuera porque hay verdaderas vidas en juego.
Caminamos por el pasillo y subimos la escalera hacia el bar. El hombre me mira, quiere cooperar conmigo pero no sabe cómo. Le vuelvo a preguntar si ha visto a mi marido. Pestañea y niega con la cabeza. Mierda. Oigo pasos detrás mío; el joven se acerca con otro prisionero. Voy a tener que seguir con la farsa. Salimos del bar y hay, efectivamente, una camioneta blanca esperando a pocos metros. Hago subir al hombre y cierro la puerta. Detrás viene el joven.
—Tienes que esposarle las manos a los pies —me indica. Vuelvo a abrir la puerta y lo hago. Al salir de la camioneta me entra una llamada. Número desconocido.
X
Cruzo la calle para atender la llamada.
—Arturo, ¿qué pasa?
—¿Está bien? La estoy llamando hace media hora.
—Sí, sigo en el bar. Es una base gretista clandestina, tienen gente secuestrada. Los están por trasladar a otro sitio, el Distrito C. Me tuve que infiltrar haciéndome pasar por uno de ellos, pero van a empezar a sospechar y sola no puedo contra esta gente, Arturo, están armados. Necesito ayuda. Aún no encuentro a Milo.
—Tiene que irse de allí, es muy peligroso. Si le pasa algo toda la operación estará en riesgo.
—Arturo, ¿de qué operación me habla? Yo solo quiero encontrar a mi marido y traerlo sano y salvo a casa.
Oigo un suspiro.
—Señorita, ¿no se da cuenta? Esto es algo más grande que usted y su marido. Mucho más grande. Estamos hablando de millones de vidas, del futuro de la humanidad, ¿no entiende? Greta está preparando las bases para un golpe de Estado. El virus es la pantalla perfecta: viene a purificarnos, a limpiar los pecados de nuestra especie, como dicen los gretarios, usted los ha escuchado en los medios igual que todo el mundo. Y con la cuarentena, nos hemos vuelto dóciles. El miedo a enfermarnos nos hace desconfiar unos de otros, ¿no lo ve? Divide et impera. Y mientras tanto, que caiga quien caiga. No les importa que millones de niños inocentes mueran ahogados, entubados y solos. Si vuelve a entrar, está metiendo el pie directamente en la trampa. Se la van a comer viva.
—¿Y qué pasa entonces con esta gente? Arturo, tienen a ocho personas secuestradas, no sabemos lo que les van a hacer. No puedo irme y abandonarlos.
—Tampoco va a poder ayudarlos sola. Se lo ruego, si confía en mí, váyase de allí. La llamaré en cuanto tenga un plan.
—Arturo, es que no puedo sentarme a esperar a que teng -—siento algo metálico en la nuca. Dejo de respirar. Miro por encima de mi hombro. Una mujer me está apuntando con una pistola.
—Termine su conversación y suba —me ordena, señalando con la cabeza un coche negro.
—Tengo que irme —digo, y cuelgo el teléfono.
XI
Cuelgo la llamada y atino a guardar el teléfono en mi bolsillo.
—Las manos donde pueda verlas. Vamos —dice la mujer.
Levanto las manos y me las esposa detrás de la nuca. Subimos al coche y la mujer lo enciende. Conduce un tiempo largo en silencio. Nos dirigimos a las afueras de la ciudad, hacia la Universidad. Pienso en formas de escapar. Sé que Arturo me está siguiendo, mi móvil no para de vibrar con llamadas. Intento mantener una apariencia de tranquilidad; sé por instinto que no sería bueno demostrar temor.
—Puedes estar tranquila —me tutea finalmente —que te oigo preocuparte desde aquí, tía. Soy Amalia —dice, y empieza a explicarme qué está pasando.
Amalia forma parte de los Vulpinos, una organización secreta mundial fundada por ex científicos del Area 42 para continuar trabajando en la cura del virus. Con el tiempo y el avance de Greta en el mundo, los Vulpinos se convirtieron en una célula antigretista. Amalia dice que me está llevando a un salón en el subsuelo de la Universidad donde tienen su base de operaciones.
—No te preocupes —dice, —pronto vas a volver a ver a Milo.
El corazón me da un vuelco.
—¿Sabes dónde está?
—Hombre, claro. Lo tienen en el Distrito C, el campo de concentración. Pero no es fácil entrar sin que te descubran. Tú estabas entrando en la boca del lobo. Tuve que secuestrarte para rescatarte de eso —me codea.
¿Milo en un campo de concentración? Me da un escalofrío. Tengo que sacarlo de ahí ya.
Luego le hablo de Arturo y Amalia me dice que lo conoce. Su buen humor desaparece. Me cuenta que han trabajado juntos en el pasado, pero que se separaron cuando él llamó a Milo aquella noche infame para pasarle el tip anónimo del Área 42. A los Vulpinos no les cayó bien que involucrase a un civil poniendo en riesgo a la organización entera. Menos aún tratándose de un periodista. Arturo jamás me había mencionado a los Vulpinos.
Llegamos y Amalia me pregunta si puede confiar en mí. Respondo que sí y me quita las esposas. Entramos al edificio y bajamos al subsuelo. Al llegar al salón, Amalia introduce un número en una máquina y la puerta se abre. Adentro, una decena de personas trabajan en distintos ordenadores, mientras otros beben café y charlan frente a una pizarra anotando datos. Un hombre alto y joven me saluda.
—Qué tal, Javier Becerra. Oye, tu eres la esposa de Kosevich, ¿verdad?
—Sí, soy yo.
—No te preocupes, que iremos a buscarlo pronto.
—¿Cuán pronto? —digo.
—Yo es que ahora mismo no lo sé. Lo que ocurre es que ha habido unos disturbios hoy durante el acto de Greta y han muerto tres de los suyos. Los gretistas se van a endurecer más que nunca y será muy difícil entrar. Creo que lo inteligente ahora sería esperar unos meses.
—¿Meses? Pero, pero no podemos dejarlo allí tengo tiempo. ¿Y si lo matan?
—Ya, pero tu esposo no es la única persona que está presa en el Distrito C. Tenemos que actuar de forma inteligente si queremos rescatar a la mayor cantidad de gente posible. Hay que esperar que las cosas se calmen.
XII
Hace dos días que estoy en la base de operaciones de los Vulpinos. Me he pasado este tiempo estudiando la estructura de la organización. Aunque dicen ser horizontales, Javier es el que toma todas las decisiones. Mis intentos por convencerlo de actuar ahora para rescatar a Milo y a los prisioneros del Distrito C han sido poco fructíferos; está decidido a esperar y no va a dejarse convencer por una recién llegada.
He tenido que cambiar de estrategia. Me dirijo ahora a Amalia; si logro convencerla, ella hará entrar en razón a Javier. Preparo café y le llevo una taza.
—Dos de azúcar, ¿verdad?
—Sí, muchas gracias —dice. Me siento junto a ella. Me fijo en una foto que tiene en su escritorio. Una mujer mayor abrazando a Amalia en la playa. Ambas sonríen.
—¿Es tu madre?
—Mi tía —se queda mirando la foto —, falleció hace cinco meses. El virus -me mira y bebe de su taza.
—Lo siento mucho, Amalia. No tenía idea. ¿Erais muy cercanas?
—Muy. Nos veíamos todas las semanas, paseábamos, montábamos bicicleta. Ella tenía muy buena salud, pero de un día al otro el virus la aniquiló. Al parecer la contagió una vecina.
—Me recuerda a mi suegra. Es una mujer muy inquieta, y esto de la cuarentena la está impacientando. Y ahora encima ha desaparecido su hijo. La pobre me llama todos los días para que la tenga al tanto de mi investigación. Solo deseamos traer a Milo sano y salvo a casa. Pero me preocupa que si esperamos sea demasiado tarde. Para él y para los demás. ¿Cuánta gente está detenida en el Distrito C?
—Unas 300 personas.
—Joder. Es muchísima gente, Amalia. Todas esas familias… Si las contactamos podríamos unirnos y entrar ahora mismo a rescatarlos. Toda esa gente debe estar tan desesperada como yo por recuperar a sus seres queridos.
Amalia me mira como a una niña a la que hay que explicarle cómo son las cosas.
—Vamos a ver. ¿Tú por qué piensas que Milo te ha enviado ese mensaje? ¿Y cómo crees que lo ha hecho? El tío está extorsionado. Quisieron usarlo para tenderte una trampa y capturarte a tí también. El único motivo por el que no estás presa en el Distrito C en este momento es que yo llegué a ti antes que ellos. Mira, sé que no es una situación fácil. Además, estoy contigo, creo que esperar demasiado para atacar le dará una ventaja a Greta. No es bueno darle tiempo de prepararse. Pero no creas ni por un segundo que la solución es involucrar a más civiles inocentes como tú, que no saben cómo piensan y operan los gretarios.
—Ya, pero es que-
—Mira, sé que has estado intentando convencer a Javier, pero nunca te escuchará. Tú déjamelo a mí. En cuanto tenga un plan para invadir el Distrito C se lo presentaré. Solo te pido que confíes. Gracias por el café -dice y vuelve a su trabajo.
Tres días más tarde, Javier convoca a una reunión.
—Vamos a atacar el Distrito C —anuncia.
Este es el plan: secuestraremos uno de los camiones que proveen de alimentos al Distrito e inyectaremos toxinas en el café que usan para los empleados. Cuando todos estén en cama con una diarrea infernal, entraremos y liberaremos a los prisioneros. Me parece un gran plan; sé que ha sido idea de Amalia, aunque Javier no lo menciona. Me acerco a él y le digo que estoy a su disposición, que me asigne una tarea.
—Tú irás en el camión con Amalia —me dice.
Me acerco a ella para felicitarla por el plan pero en eso recibo una llamada de Arturo. No atiendo, llevo unos días ignorándolo.
Menos de 48 horas más tarde nos acercamos a las puertas del Distrito C en el camión secuestrado. Hacemos la entrega con éxito; no parecen sospechar nada. Salimos y esperamos unas horas, escuchando música y comiendo sandwiches en el camión. Al fin, el radio de Amalia suena. «Ya es hora. Procedan. Cambio».
—Quédate aquí. No le abras la puerta a nadie -me ordena Amalia mientras carga su pistola y baja del camión.
—Vale. Por favor, tráemelo sano y salvo.
Amalia me guiña un ojo y se aleja trotando.
A la distancia, comienzo a escuchar balas y gritos. De pronto un pensamiento súbito me deja sin aire. ¿Y si hieren a Milo? ¿Y si lo matan? ¿Y si no vuelvo a verlo con vida?
XIII
Espero en el camión un rato interminable. Nadie viene. Los gritos y los balazos no se detienen. Al fin decido salir del camión. El sol empieza a caer mientras corro en dirección a los ruidos que escucho. Llego al cerco electrificado y lo que veo es un campo de batalla. Por Milo, me repito a mí misma, es por Milo, y me meto por el hoyo que cavó Amalia hace unas horas.
Me acerco a la zona de combate ocultándome entre arbustos y paredes de edificios. Las balas pasan frente a mis ojos como avispas. Veo a algunas personas correr en distintas direcciones.
Y de pronto, todo se detiene. No hay más ruidos. No hay más miedos. Con un halo de sol pegándole en la nuca, Milo está a unos cuarenta metros de mí. Lleva puesta la misma ropa que la última vez que lo vi, solo que sucia y arrugada. Le ha crecido la barba y tiene unas ojeras petrolíferas, pero está aquí enfrente mío. Corro hacia él con el corazón galopándome en el pecho, pero tropiezo con un bulto y caigo.
El bulto es Amalia, que pega un grito desgarrador. He caído sobre ella. Al incorporarme me miro: tengo las manos y la ropa llenas de sangre. En el suelo, Amalia se retuerce de dolor. La han herido en el estómago.
—¡Amalia! —grito —¡Necesitas un médico!
Me arrodillo junto a ella e intento examinarla, pero la sangre brota a chorros. Presiono la herida para frenar la hemorragia, Amalia aúlla. Apoya su mano sobre la mía. Quiere decirme algo.
—Escúchame. No voy a sobrevivir —toma aire y traga —, tienes que buscar a Javier y decirle que se prepare. Arturo vendrá por vosotros.
—Amalia, mírame. No te vas a morir, te llevaré al hospital.
Intento cargarla y llevarla al camión, pero se resiste.
—Déjame aquí. Ve y busca a Javier —respira con dificultad —dale mi mensaje. Arturo vendrá por vosotros. Prométeme que le dirás.
Amalia…
—Prométemelo —dice y cierra los ojos.
—Amalia. ¡Amalia! -—la sacudo.
No responde.
Una gota de agua cae sobre su frente. Me doy cuenta de que es una lágrima antes de darme cuenta de que lloro.
Miro a mi alrededor. Milo ya no está. El tiroteo continúa. Camino buscando alguna cara conocida.
Al fin vuelvo a verlo, escondido detrás de un tractor.
—¡Milo!
Corro hacia él. Nada va a detenerme esta vez. Milo me ve y corre también hacia mí.
Su abrazo es una ola eléctrica de agua dulce.
—Dios, creí que nunca volvería a verte —me dice al oído.
Lloramos. Reímos. Nos besamos.
Una bala nos pasa por al lado e impacta contra el tractor. Milo me lleva de la mano y corremos.
Nos acercamos a la entrada del Distrito. La libertad está al alcance de nuestras manos. Podríamos estar a salvo en casa en unas horas. Entonces, recuerdo el pedido de Amalia un instante antes de morir.
XIV
Aprieto la mano de Milo antes de soltarla.
—Espérame aquí —le digo —, tengo que dar un mensaje a alguien.
Me obligo a alejarme hacia el Distrito.
—¡Quédate aquí! ¡No te muevas! —le grito a Milo cuando ya estoy a unos metros de él.
Ida y vuelta, pienso. Voy a buscar a Javier, decirle que Arturo está en camino, y volver junto a Milo. Eso es todo. Unos minutos y listo.
Pero cuando llego no encuentro a Javier por ningún lado. El sol ha caído y no veo bien. Los disparos siguen y hay gente corriendo y gritando. Tengo que encontrarlo y salir de aquí antes de que una bala me alcance. Me tumbo cuerpo a tierra y me muevo así, a ras del suelo. Cuando lo encuentro, Javier está agachado como yo, con su escopeta al hombro y la vista clavada en la mirilla.
—Javier —le digo. Se sobresalta y dispara su arma por accidente.
—¡Joder, tía! ¿Qué haces aquí?
—Lo siento. Me ha enviado Amalia. Quería que te avise que está viniendo Arturo —no tengo el valor de decirle que Amalia murió.
Javier sacude la cabeza.
—Lo sabía. ¡Lo sabía! —dice —oye. ¿Has encontrado a tu esposo?
—Sí.
—Iros. Salid de aquí lo más pronto posible. Arturo va a venir a sabotearnos. Aún conserva amigos entre los gretarios y los quiere proteger. ¡Iros ya!
vEso es imposible, Arturo no haría una cosa as-
—Escúchame. Está armado con explosivos. Tenemos pinchados sus móviles y hackeamos su ordenador desde hace semanas. Busca a tu esposo y vete. Yo reuniré a los prisioneros que pueda e intentaré sacarlos de aquí -dice incorporándose y se va al trote.
¿Arturo, amigo de los gretarios? No puede ser. Pero Javier está convencido y Amalia también lo estaba. Si no, por qué gastaría su último aliento en transmitirle ese mensaje. Corro hacia el sitio donde dejé a Milo cuando oigo un helicóptero descendiendo cerca mío. Una silueta se asoma desde el helicóptero con un megáfono. Es Arturo. «Suba», dice, y despliega una escalera que me llega a la coronilla.
XV
Llanto.
El sol aún no ha salido. Miro a través de la ventana: el cielo de la madrugada es casi del mismo tono de morado que nuestras ojeras. El precio ínfimo de todo esto. Milo me besa la mejilla.
—Yo la traigo —dice, y se levanta de la cama.
Por el monitor oigo a Milo calmando a la niña.
—Tranquila, ratoncita, ya —le dice.
El monitor queda en silencio y un instante más tarde, Milo aparece con Amalia en brazos. La alzo y le doy el pecho. Milo enciende la radio; suena Gimme Shelter de los Rolling Stones.
—Ah, la mejor banda de rock de la historia. Va a ser un gran día —me vacila. Sabe que prefiero a los Beatles.
Querrás decir la segunda mejor —respondo.
Hace un año que estamos aquí. Llegamos el día después del ataque al Distrito C. Con mucha suerte logramos huir del campo de concentración y escondernos en Madrid, pero sabíamos que debíamos actuar rápido antes de que nos encontraran. Lo primero que se nos ocurrió fue pedirle asilo a la hermana de Milo. Vinimos en el primer vuelo a Buenos Aires que conseguimos. ¡Teníamos tanto miedo! Por aquel entonces, Greta estaba peligrosamente cerca de dominar al mundo. El virus había aniquilado al 20% de la población mundial. Muy pocos países habían logrado mantener a raya los contagios. Argentina fue uno de ellos. La rápida acción del gobierno, combinada con una población mayormente desconfiada de cualquier atisbo de dictadura hicieron que ni el virus ni el gretismo pudieran echar raíces aquí.
En cuanto llegamos, Milo comenzó a redactar su informe, esta vez en forma de libro autobiográfico. Al material reunido anteriormente le agregó un relato detallado de su experiencia como preso político en el Distrito C y los testimonios de informantes que logró recoger de allí.
Yo conseguí trabajo enseguida en la planta nuclear de Atucha, una ventaja de ser ingeniera. Poco a poco rehicimos nuestra vida. El día que nos mudamos del piso de mi cuñada a nuestra casa de Palermo confirmé mi embarazo. Esa noche brindamos; Milo con Malbec, yo con zumo.
Cuando publicaron el libro de Milo, el imperio de Greta ya estaba en decadencia. Se habían filtrado algunos vídeos de sus crímenes en distintas ciudades de Europa en los que se la veía haciendo submarino a sus opositores y peor aún, comiendo ternera. Aún así, seguía siendo una líder poderosa y pocos se atrevían realmente a cuestionarla. El libro fue una piedra fundamental para derribar su reputación. En esas páginas se demostraba cómo Greta había ocultado la cura del virus con la complicidad de la ONU.
La respuesta de los gretarios no se demoró y cuando llegaron las amenazas de muerte temí lo peor. Con la niña en camino, no podía volver a perder a Milo. A través de mi cuñada, que trabaja en el gobierno, conseguí una audiencia con el presidente de la nación. Tras explicarle la situación, el presidente Kicillof no solo nos aseguró la protección sino que se encargó de contactar a los ex científicos del Area 42 y traerlos al país para que terminaran de desarrollar la iconoclastina, que hoy como sabemos se usa en todos los hospitales del mundo para tratar el virus. A fin nos sentíamos a salvo.
Hace un mes nació Amalia, nuestra hija. El día en que la tuve, me llegó un correo de Javier Rebeca felicitándonos y hemos estado en contacto desde entonces. Me ha contado que aquella noche del ataque al Distrito C resultó herido en una explosión. Al disparar su escopeta contra el helicóptero en el que iba Arturo, éste perdió el control y se estrelló a pocos metros de Javier. Así fue como perdió la pierna, pero dice que todo ha valido la pena pues se ha podido cargar a un traidor.
Yo aún no decido cómo me siento con respecto a la muerte de Arturo. Él fue el primero en ayudarme a encontrar a Milo, aunque también fue él quien le dió la pista que hizo que lo secuestraran. Sigo pensando en qué hubiera pasado si Amalia no me hubiese encontrado aquel día en Madrid. Si me hubiese infiltrado tal como lo había planeado Arturo. ¿Importa acaso? Luego recuerdo sus palabras al preguntarle por qué le había dado la pista a Milo: «¿por qué no?». Quizás esa sea la única respuesta que jamás encontremos a todo lo que nos ha pasado. Pero cuando veo la sonrisa sin dientes de mi hija, cuando veo las pequeñas arrugas a los costados de los ojos de Milo cuando le sonríe, entiendo un poco. Esto es lo que el virus le había arrebatado a Arturo. Lo que Greta le había arrebatado. Y entonces, yo, que siempre he creído que la verdad es lo único absoluto, que no hay una verdad más verdadera que otra, dudo.

Palacio mental

Otra vez te obsesionaste con un famoso. ¿Quién fue la última vez? Nick Valensi de los Strokes. Y entonces Mad Men y Nueva York con su Jimmy Fallon y su Paul Auster y no hay nada en esa ciudad que no hable de la miseria y de la grandeza humana.

La distancia y el tiempo enrarecen las obsesiones, las templan, las agotan y finalmente aparecen otras.

Esta vez, el hechizo se activa con el primer capítulo de la serie Sherlock. Le das play. Picaste el anzuelo. La aventura te consume por completo. Devorás los capítulos recubiertos de azúcar, introduciendo la mano impaciente en la bolsa que los contiene, una, tres, cuatro veces al día hasta que ya no queda ninguno y tu mano rasca en vano el vacío.

Te volvés una voyeur, deleitándote a través de la ventana-pantalla con el acento encantador de Benedict Cumbercatch y sus bucles castaños en contraste con su rostro pálido. Atesorás las esporádicas sonrisas de Sherlock, espiás a través de la sábana que lleva por toda vestimenta al palacio de Buckingham y te emocionás con su discurso en la boda del doctor Watson. Te frustrás con sus arranques neuróticos y lo comprendés cuando la serie revela sus traumas de la infancia. Cuando te querés dar cuenta, es demasiado tarde para no enamoriarty.

Un chasqueo de dedos y lo sabés todo sobre Benedict. Sus cuarenta y dos años y su metro ochenta y uno. Su esposa Shophie, sus dos hijos varones y su insólita dificultad para pronunciar la palabra «pingüino«.

En tu compulsión por saber más sobre él, te entregás durante semanas a la investigación. Mirás decenas de entrevistas suyas, incluyendo una en la que le muestran un posteo de una de sus fans en un foro dedicado a él y Benedict se ríe avergonzado. Y vos te reís también, nerviosa, porque lo que dice esa fan sobre los brazos imperiales de Benedict, sobre el deseo de acercarse a él lo suficiente como para olerlo, es lo mismo que habrías dicho vos, y de repente el tablero se da vuelta. Alguien enciende la luz y la música se calla. Ahora tenés que enfrentarme a vos misma.

Lo que sea que tu mente busque cada vez que te resbalás y caés de frente dándote la nariz contra un famoso es ilusorio. Cuando despertás, el dinosaurio ya no está ahí. El espejismo funciona, te arranca momentáneamente del pantano de tu vida cotidiana. Pero es solamente eso, escapismo. Tu vida no es una aventura excitante como la de Sherlock Holmes. No te levantas cada mañana a salvar el mundo. Apenas si logras salvarte a vos misma de una caries cepillandote los dientes de la misma forma, con el mismo cepillo, día tras día, comida tras comida.

No queda claro qué es lo que buscás. Eventualmente, Benedict se va a ir de vos. Te consta. Y dejará, detrás suyo, no el recuerdo de una serie sensacional. No la fantasía de un hombre alto, de ojos marítimos y acento británico. Ni siquiera el sueño de una Londres por conocer, un faro hacia una aventura nueva.

Lo que queda, después de este circo que monta tu cerebro para distraerte, es el telón de fondo. Un lienzo blanco con manchas de humedad. Un vacío que no se puede asar a la parrilla con pimientos y chorizos. En esto lo entendés a Sherlock: el riesgo de tener un palacio mental es que se vuelva tan cómodo que no te den ganas de salir, sobre todo si afuera el día está nublado. Cuando la obsesión se va, el dolor vuelve.

Caminando entre sonidos y ruidos

Del 22 al 26 de junio se llevó a cabo en Rosario la Semana del Sonido por segundo año consecutivo. El movimiento creado hace más de una década en Francia llegó a la Argentina en 2013, con el objetivo de generar conciencia acerca de temas como la acústica, el sonido y el ruido, y alertar sobre la necesidad de proteger el ambiente acústico que nos rodea.

En el marco de este evento organizado por un conjunto de entidades que incuye, entre otras, a la Asociación de Acústicos Argentinos, la Municipalidad de Rosario y Universidades Nacionales del país, tuve la oportunidad de participar de una caminata sonora coordinada por Pablo Kogan y Bruno Turra, de la UTN de Córdoba. La actividad consistía en un recorrido por el microcentro de Rosario con varias paradas en las que los participantes debíamos sentarnos sin hablar entre nosotros y completar un cuestionario sobre los sonidos y los niveles de ruido del lugar.

Cuando me convocaron para filmar la caminata supuse que se trataría de un trabajo fácil: documentar eventos con una cámara es algo a lo que estoy relativamente acostumbrada y creí poder hacerlo de forma más o menos automática. Pero al llegar a la explanada del Centro Cultural Fontanarrosa (lugar de partida del experimento) me encontré con una situación distinta.

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Me pidieron que hiciera unas tomas panorámicas del sitio tratando de captar las fuentes de ruidos y sonidos, así que tomé la cámara y comencé. Al principio no me fue difícil localizar las fuentes sonoras más evidentes: grabé a una bandada de palomas de esas que siempre deambulan por la zona de la plaza Montenegro, a unos niños que estaban jugando, y por supuesto, el incesante tránsito automovilístico de San Luis y San Martín que, siendo las tres de la tarde, no tomaba aun la forma del bocinazo ensordecedor e implacable de las horas pico, pero tampoco pasaba desapercibido. Luego de esta exploración superficial del espacio, me detuve cerca de la puerta del centro cultual y procuré escuchar con atención. Quería quedarme quieta y ver qué más podía detectar. De pronto noté una especie de zumbido que había estado allí todo ese tiempo, pero que yo había pasado por alto en mi búsqueda inicial. Ese ruido, que se me hacía cada vez más perturbador, provenía de una fuente que yo no lograba identificar y por lo tanto no conseguía capturarla en video. La caminata sonora se me presentaba así como un desafío a mi percepción. Finalmente concluí que la fuente debía ser alguna caldera o aparato de calefacción, así que filmé las paredes del edificio cercano.

La caminata iniciaba en la peatonal San Martín, hasta calle Córdoba, donde hicimos una parada en “la esquina de los bancos”, como la llamó una de las participantes de la experiencia. Allí era llamativa la intensidad de los sonidos que hacían las aves. Se las escuchaba muy fuerte y con gran claridad, aun sin prestarles especial atención. El zumbido estaba presente también en este sitio.mac.jpg_88717827

Desde allí, seguimos por Córdoba hasta el Monumento a la Bandera. Como era un día nublado y frío, no había mucha gente. Caminamos hasta la plaza Barrancas de las Ceibas, que está frente al Concejo Municipal. Nos sentamos frente a la gran fuente de agua para realizar nuestra tercera parada. El sonido del agua y los ladridos de algunos perros eran reconfortantes, pero el tráfico omnipresente de autos parecía acentuarse, quizás debido a la ausencia de otros sonidos.46208314

El recorrido concluía al lado de la estación Fluvial. Tras grabar mis propias pisadas sobre las piedritas anaranjadas de la plaza y las bocinas de algunos autos al cruzar la calle, me senté cerca del río y observé el entorno. La zona parquizada, verde, contrastaba con los ruidos de los autos, la música que provenía de algún carrito de hamburguesas y el característico sonido que anuncia la llegada del churrero, que me tentó, al escucharlo, a soltar la cámara y correr a comprarle. Las aguas del río estaban quietas y por mucho que me acercara no las escuchaba; esta fue la parte más frustrante de la actividad.

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Como corolario, los coordinadores de la actividad convidaron a todos los presentes con masas secas y nos invitaron a hablar de lo que nos había pasado durante el trayecto. En este debate, la experiencia se reveló como una instancia enriquecedora para todos, ya que pudimos prestar atención al entorno sonoro que nos rodea y dedicarle toda nuestra atención, sin que nada nos distrajera de nuestro rol de oyentes. Escuchar la ciudad significó redescubrirla en formas que tal vez no se nos habrían planteado como posibles de no ser por esta experiencia. Lo que nos gustó escuchar y lo que nos molestó son (o, en todo caso, deberían ser) los puntos de partida para entender qué es lo que deseamos transformar de nuestra realidad y poder, así, continuar dando pasos en la construcción de un ambiente sonoro más ameno. Lograr una visibilización de este ambiente sonoro como una dimensión fundamental de nuestra vida en sociedad debe ser una prioridad en la agenda política y ciudadana, teniendo en cuenta que, como señalan los expertos, existe una relación directa entre los niveles de ruido y el estrés, la presión arterial, el sueño y la concentración. Los altos niveles de ruido se asocian incluso con una mayor propensión a la violencia en los sujetos y con una disminución de la tendencia a ayudar al prójimo, de acuerdo con estudios desarrollados por la Organización Mundial de la Salud.

La segunda Semana del Sonido de Rosario concluyó, pero es vital que ésta no funcione como la única instancia de concientización sobre el ruido en la ciudad. Los problemas de ruido persisten no sólo en forma de zumbidos molestos en el centro, sino también en los barrios, donde, según una participante de la caminata sonora, hay vecinos que “pasan con las motos tirando cortes, por ejemplo un lunes a las once de la noche, cuando uno se está tratando de relajar”. Es en este sentido que todavía queda mucho por hacer en cuanto a la concientización y el cuidado de nuestro ambiente sonoro.

Laura

El reloj y la espiral

No me sentía bien. Había vislumbrado una realidad que me había dejado completamente paralizada: que la mediocridad y la paz mental estaban en un mismo lugar, y huir de la primera implicaba necesariamente renunciar a la segunda para siempre. Ya lo había observado Truman Capote: al elegir como forma de vida la escritura, se había “encadenado de por vida a un amo noble pero despiadado”. Si es que quiero lograr algo, me dije, voy a vivir todo el tiempo que me queda en esta Tierra con una pistola apuntando a mi sien, y esa pistola es también la zanahoria que cuelga frente a mí.

Derrotada, me senté en un bar a contemplar cómo mi vida entera se deslizaba hacia una espiral irrefrenable de decadencia; los manteles pegajosos de plástico, las asquerosas sillas plegables y las paletas aletargadas del ventilador en el techo ilustraban esa mediocridad en la cual me vería permanentemente tentada a sumergirme.

Fue entonces cuando se me ocurrió. Agitaba en el aire un sobrecito de azúcar para mi café con leche, y de pronto vino a mí la idea más brillante que se puede tener mirando un reloj de pared en un bar deprimente de la calle mitre. Pensé en nuestra forma de concebir el tiempo. Digo, nosotros, los humanos, nos pasamos toda la vida contabilizando el tiempo, ahorrándolo, tratando de administrarlo de la mejor forma posible, como si se tratase de un recurso limitado y no renovable que no pudiéramos recuperar o volver a generar de ninguna manera. Y esto es, desde el punto de vista de la especie humana, absolutamente cierto. Que las personas somos finitas en el tiempo es algo de lo que estamos hiperconscientes, a tal punto que nuestra mortalidad es lo único que le da sentido a nuestras vidas. Pero ¿qué tal si me saliera del compartimiento hermético de mi propia existencia y decidiera pensar el tiempo en términos que fueran más allá de lo que éste representa para mi breve y patética vida de terrícola? De pronto ese reloj de pared se me apareció como el ridículo artilugio pseudocientífico que realmente es. Me ofendió que un círculo con números y agujas que giran gobernara mi vida con su principio de linealidad.

Había tenido una epifanía: el tiempo no es en realidad limitado. Nos consta que el tiempo estuvo aquí desde mucho antes que nosotros (¿desde siempre?) y que, aún cuando el astro que orbitan los planetas de nuestro sistema cese finalmente de brillar, sumiéndose en la más profunda oscuridad y arrastrándolo todo hacia ella, el tiempo seguirá estando allí. Firme. Inmutable. En definitiva, el tiempo es justamente lo único que sobra. La plenísima conciencia que tenemos acerca de la finitud de nuestra vida nos permite apreciarla, pero al mismo tiempo nos impone la búsqueda de su sentido. Serás lo que debas ser o no serás nada, dijo una vez un señor con patillas y un caballo que en realidad no era blanco. Dedicarás tu efímera vida a ser algo o alguien determinado, o bien resbalarás con una cáscara de banana del destino y caerás irreversiblemente en el pozo-espiral de la decadencia del imperio de tu ser. Pero si nos desprendemos de esta ilusión del significado de nuestras vidas y logramos entender que el tiempo es inagotable, estaremos en condiciones de leer en el vasto mapa del tiempo la coordenada de nuestra existencia, y nos tranquilizará advertir que esa coordenada siempre estará allí, porque siempre lo estuvo, incluso desde antes de que nosotros la ocupáramos. Es, entonces, nuestra patológica manía de concebir el tiempo en términos lineales la que genera el puente entre mediocridad y sosiego, al equiparar la alienante, fatigosa persecución del sentido con la obtención de algo semejante a la inmortalidad.

Así las cosas, decidí emprender una aventura quimérica. De ahora en más, militaría por una anarquía del tiempo. Destruiría todo aquello que estuviera relacionado con medirlo y no me detendría hasta lograr que nadie pudiera computar fechas ni horarios. En retrospectiva, creo que habría sido inteligente de mi parte comenzar luchando por la restricción del uso del sistema sexagesimal a cuestiones no temporales, pero en aquel momento mi impulso fue incendiar una relojería. Nosotros los anarquistas siempre fuimos así de extremados y después de todo, la única iglesia que ilumina es aquella que arde. El tiempo se ha convertido para las personas en una religión tanto como lo ha hecho la ciencia o el sexo.

De modo que esa noche me encaminé hacia una relojería bastante reconocida de mi barrio. Elegí esa en particular porque el dueño tenía reputación de sanguinario ya que había asesinado a varios perros de la zona; pensé que mataría dos pájaros de un tiro y me regocijé en mi pragmatismo. Llevaba conmigo un paquete de fósforos, alambres y una lata de querosén. Lo demás es más o menos predecible y confío en la pericia deductiva de mi leyente.

Tuve la precaución de usar guantes para no dejar ninguna huella rastreable. Con lo que no contaba era la cámara de seguridad que el viejo mataperros había instalado en una esquina recóndita del local; jamás la vi mientras consumaba mi plan. Así fue como me engancharon.

Caí presa por una infracción que nadie supo catalogar como delito político. Dice mi abogada que es mejor así, que me podría haber ido peor. Y, de hecho, tengo que admitir que estoy de acuerdo. Es verdad que me tienen confinada en un reducido espacio del que no puedo salir hasta que no cumpla mi condena, sin embargo soy más libre aquí de lo que pude serlo allá afuera. Acá nadie me obliga a llevar la cuenta del tiempo, porque nunca estoy llegando tarde a nada. Cuando hay que ir a trabajar o hacer algo, simplemente me dan la orden, y si obedezco no tengo, generalmente, problemas. Pero lo que es más notable es cómo esta atemporalidad me rescató de la espiral en la que estaba cayendo. Desde que llegué acá escribí tres tomos de mis teorías acerca de los perjuicios de la cronología, y aprendí aun más sobre esos temas leyendo tratados de física y astronomía que hablan de una relatividad del espacio-tiempo en ciertos lugares del universo. Ahora mismo estoy esbozando un manifiesto de la Anarquía del Tiempo que será publicado en un sitio web que programé. ¿Y después? Quién sabe. Quizás me dedique a explorar otros talentos que mi cerebro tenga escondidos, eclipsados por la doctrina de los horarios. O tal vez me siente a mirar todos los capítulos de Alf por Netflix. Lo único que sé es que, como dice la canción, el tiempo es infinito. Y no hay libertad más categórica que la del viento.

Laura

Mantras

Cinco minutos más de sueño. Un último esfuerzo y después vacaciones. No leas los comentarios. No vale la pena discutir con esta persona sobre este tema. Última porción/bocado/trago y basta. Mañana empiezo.

Son los mantras de la negación, las profecías autocumplidas que no se cumplen y se transforman en placebos para el espíritu.

Dimensión tediosamente inevitable e inevitablemente tediosa de los asuntos humanos, los mantras rodean la vida apresurada de las personas como anillos de un planeta. Lo ritual adquiere en ellos un carácter sintético y vano, fulgoroso pero polvoriento. La repetición funciona allí como un arma de doble filo: el mantra no sirve si no se lo repite; sin embargo, dar vueltas y vueltas por los anillos de Saturno como en una pista de carreras no nos lleva al centro del planeta.

Conozco tan bien a los mantras que, viéndolos a media cuadra de distancia, podría reconocerlos, nombrar a cada uno y hasta sería capaz de identificar si caminan en dirección a mí o si se alejan.

Mi mantra preferido es uno que dice “ya fue”. Él viene a mí en momentos de desesperación. No trae soluciones. No me acerca al centro, sino que se hace jet pack y me eyecta hacia el espacio exterior a la velocidad del sonido.

Primero se infiltra, apareciéndose en mis sueños y en mi tiempo como una posibilidad. No habla muy fuerte, es apenas una vocecita suave y tímidamente seductora que me va susurrando, al principio en modo interrogativo: “¿…y si ya fue?” (vale la redundancia de internalizar el mantra según el cual no conviene hacer de la duda un mantra).

Luego, la voz se retira a tomar impulso, y reaparece con renovado ímpetu golpeando las puertas y las ventanas de mi ser. El grito estalla cuando mi cordura está a punto de hacer justamente eso y la voz se vuelve imperativa, como si quisiera decirme “¡te ordeno que ya fue!”.

Lanzo entonces por el aire los papeles, las lapiceras rebotan en el suelo con sus puntas dos o tres veces antes de recostarse definitivamente en él. El mantra me invita a una cerveza y el efecto placebo me distrae por un segundo más en el que inhalo oxígeno, lleno mis pulmones con él y exhalo suspirando “ya fue”.

Laura

Ideas

Hace unos meses empecé a hacer un programa de radio todas las semanas, lo cual, estoy descubriendo, consume cierto tiempo. Por ese motivo, no pude dedicarme mucho a escribir cosas realmente interesantes para subir acá. Sin embargo, sí escribo ideas breves sobre cosas que pienso/siento/vivo, y se me ocurrió dejar acá un par, a ver si a alguien le genera algo (bueno o malo, no importa).
Ahí van:

Pantallas
La chica que se persignaba frente a las pantallas se había olvidado de pensar. Se había olvidado por muchos años de hacerlo, hasta el punto en que creía que pensaba, pero no. La chica que se persignaba frente a las pantallas era yo en algún momento, pero después dejé de ser yo. Ahora me acuerdo de pensar bastante seguido. Si no es todos los días, por lo menos dos o tres veces por semana lo hago, que es lo recomendado por los médicos. Y las médicas, porque ahora pienso, y entonces sé que hay médicas también.
La chica que se olvida de pensar es hoy una compañera de la escuela secundaria que antes se acordaba y tenía el hábito de pensar un poco más. Pero las cosas han llegado demasiado lejos con esto de que las pantallas se multiplican a un ritmo vertiginoso y hay que estarse persignando casi constantemente, cada vez que aparece una, cada vez que alguna otra emite sonido, porque además son sonoras las pantallas, y así queda poco tiempo para pensar.
Sin embargo, y ésto es algo que también hay que recordar, pensar sigue siendo gratis. No nos cobran por hacerlo.
La persona que se persigna constantemente se va convirtiendo en una nube, hasta que un día esa persona se larga a llover y uno no sabe si empaparse de su jugo gris o correr a refugiarse bajo un techo. Hoy, yo elijo darle pinchazos a la lluvia con la punta de mi paraguas.

Paciencia
Por lo general sé esperar a mi turno para hablar. Para pensar. Para sentir. Para ser. Sé cuántos granos de arena tienen que pasar de un lado al otro del tiempo para que yo pueda decir, y mientras los cuento, planifico lo que va a pasar una vez que haya caído el último. Pienso en cómo voy a actuar. Trazo mapas. Las manecillas dan vueltas como los ventiladores y las ruedas y los ojos de la gente que no entiende o que no quiere.
¿Puede uno cansarse de ver pasar los soles y las lunas de distintas formas y colores esperando su turno para poder?
Sucede a veces golpear una puerta y que no te dejen entrar. Golpear de nuevo. El cartel dice “golpee y será atendido”. Mientras chorrean cera líquida las velas y los cigarrillos se convierten en cenizas, me pongo a pensar que a mí, en realidad, me gustaría más ser atendida que atendido. Pero que bueno, es lo que hay. Igual alguien va a abrir y eso quizás sea suficiente.
No abren.
¿Por qué?
Pido entonces una explicación y mi atrevimiento se encuentra con una mano que dice “pare” o dice “no”. Tal vez incluso diga “basta”. En todo caso, mi explicación no llega y la chispa de la mecha se va acercando a la dinamita.
Al fin la hostilidad recibida me gana, y sin solución de continuidad, me vuelvo hostil yo también. Me canso de esperar el turno abstracto y revoleo el tablero en el aire. Piezas del juego flotan por doquier en ese instante que se demora mil años en caer. El sonido también invade el momento de la locura con sus gritos que salen de mi garganta como lanzas a toda velocidad, pero sin dirección precisa. Las lanzas se pierden o se desvanecen en el aire enrarecido de la entropía y de la impaciencia.
Ahora al menos hay certezas. Ahora sé que quien salga a abrir la puerta vendrá a decirme que eso estuvo mal y que hay que saber esperar a que a uno le llegue el turno para poder.

Espero que a alguien le gusten estas cosas raras, ya que son lo que más disfruto escribir, porque son ideas libres, más surreales, en el sentido de que me doy la libertad de anotar los pensamientos en el orden que vienen, en lugar de planificar el desarrollo de las cosas que quiero decir.

Laura

Hacer escuela

Si se le pregunta a cualquier persona de cualquier edad, difícilmente alguien diga que no le gusta aprender.

No hablo de aprender para obtener una calificación determinada en un examen, ni de aprender para después poder acceder a un trabajo bien remunerado. Tampoco hablo de aprender porque ese conocimiento va a ser útil o necesario en alguna instancia futura de la vida.

Me refiero a aprender para saber. Aprender porque es una de esas actividades que nos hacen sentir (no entender racionalmente, sino sentir en lo verdaderamente profundo del alma) que estamos vivos. Aprender porque en ese acto se rasca la picazón insaciable de la curiosidad.

Recuerdo vívidamente haber sentido todas esas cosas en el momento en que supe que hay otros planetas además de la Tierra, algunos de los cuales orbitan el mismo Sol que nosotros. Sentí cómo se abrían puertas en lugares de mi mente donde hasta entonces sólo había habido muros y oscuridad. Lo sentí cuando aprendí a hacer un cálculo con regla de tres. También cuando aprendí cómo funcionan los órganos del sistema digestivo de un ser humano. Más recientemente, lo sentí cuando leí por primera vez a Marx y a Foucault. Puedo decir con bastante seguridad que seguiré experimentando esa mezcla de asombro y excitación hasta el momento mismo de mi muerte, cuando aprenda cómo es en realidad el fin de la vida de una persona.

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Pero, en todo este despliegue didáctico de sensaciones y emociones, hay cosas que no me cierran.

La escuela, por ejemplo. Cualquiera que me conozca aunque sea un poco sabe que soy la más tenaz crítica de esta institución que causó varios de los traumas de mi vida. La razón por la cual la escuela no me cierra es que no es el santuario del saber que dice ser: la cantidad de veces que sentí aquella emoción de aprender estando dentro del edificio escolar es casi nula. Lo que digo no puede sorprender a nadie que haya pasado sus reglamentarios doce años de vida encerrado entre cuatro paredes del aula de una escuela, el culo atornillado a una silla atornillada a un pupitre atornillado a una fila de pupitres; la mente atornillada al ventilador de aspas aletargadas que, si se cayera, provocaría la muerte de algunos compañeros.

La escuela en sí no está hecha para motivar al aprendizaje, ni mucho menos para cuidar, como el valioso tesoro que es, esa curiosidad con la que salen todos los niños de los vientres de sus madres. La escuela, al menos en mi experiencia personal, está hecha para disciplinar (¿mencioné a Foucault?). Y no es que esta función de la escuela tenga algo de intrínsecamente malo: es vital adquirir el hábito de la disciplina si uno pretende vivir en sociedad. Pero esta disciplina no es lo único que una persona necesita para formarse. También es imperioso poder pasar largas horas en ambientes que no estén iluminados con tubos fluorescentes, sino con la luz cósmica de esa estrella alrededor de la cual nuestro singular planetita insiste en girar. Poder dar y recibir abrazos. Poder estar solo y tranquilo para reflexionar.

Lo que la escuela no comprende es que una calificación no alcanza a reflejar ese proceso de creación de puertas mentales. Que el aprendizaje no es un medio para llegar a algún fin, sino que puede y debe ser un fin en sí mismo. Que aprender de memoria no es aprender, porque si no hay un componente emocional asociado al conocimiento, los datos se escurren del cerebro como granos de arena en un puño cerrado. Que los docentes también tienen que poder hacer autocrítica cuando algo no sale bien.

Ahora bien, no estoy diciendo que la escuela sea un monstruo incontrolable que arruina las vidas de la gente. Después de todo, soy hija de dos docentes y jamás me canso de repetirlo con orgullo, porque un docente es alguien que se dedica a entregar a sus alumnos herramientas y materiales para que ellos construyan sus propias puertas.

Lo que pasa, desde mi punto de vista, es que existe todo un sistema educativo malogrado que va más allá de los profesionales de la educación. Hay muchos casos donde se demuestra cómo este sistema falla en la transmisión de conocimientos básicos. Por ejemplo, es sabido que una abrumadora mayoría de los alumnos de escuela primaria tienen dificultades para aprender matemática. Una amiga que trabaja como voluntaria dando apoyo escolar en el barrio La Tablada corroboró que todos los chicos que van a buscar ese apoyo necesitan ayuda con esta asignatura. Yo adjudico esto a la complejidad lógica del lenguaje matemático, que requiere para su comprensión de un nivel de abstracción mayor que el lenguaje natural. Pero esta dificultad no es algo nuevo. Hace diez o doce años, cuando yo iba a la primaria, ya era notorio que a la mayoría de nosotros nos costaba mucho entender las fracciones. Eso quiere decir que la alarmante dificultad de los alumnos de escuela primaria para las matemáticas tiene ya más de una década, y el sistema educativo no parece haber invertido muchos recursos en revertir la situación. Si se sabe que hay un problema con la matemática, ¿por qué no cambiar el enfoque de la materia? ¿Por qué no hay más investigaciones destinadas a encontrar las causas de este asunto? Se sigue enseñando matemática de la misma forma que hace diez años y se obtienen resultados cada vez peores. Los docentes se frustran y reaccionan dando más tareas a los estudiantes, agregando tareas de vacaciones y obligándolos a estudiar como forma de castigo. Y ¿qué clase de resultados cabe esperar si se concibe el aprendizaje como un castigo?

Lo que estoy tratando de preguntar es: ¿por qué no se hacen verdaderas reformas integrales en el sistema educativo? La falta de retroalimentación acerca del funcionamiento del actual sistema es a lo que me refiero con “verdaderas reformas”.

En la Universidad, los profesores a menudo se quejan de que la escuela secundaria no nos prepara lo suficiente para la educación superior, pero lo suelen hacer a modo de reprimenda hacia nosotros. Nos dicen: “¿Vos qué aprendiste en la secundaria?”, pero no “¿A vos qué te enseñaron en la secundaria?” ni mucho menos “¿A vos cómo te enseñaron en la secundaria?”. A eso me refiero con reformas que sean integrales, porque los docentes también tienen que estar mejor capacitados para poder ayudarnos en la construcción de las puertas mentales.

Si hay perspectivas de que en el futuro nuestra sociedad pueda superar los problemas económicos y sociales que la aquejan desde hace un siglo, va a ser crucial que logremos elevarnos hacia un sentido crítico de nuestra realidad y de las relaciones de poder que están en la base de ella. Yo quiero una escuela donde los alumnos y los docentes asistan con ganas. Quiero una institución que fomente el debate y la participación ciudadana. Quiero una escuela que abra puertas.

Laura